En la noche, saliendo desde Medellín para el
valle del cauca, se percibe un viaje tranquilo, sin contratiempos y
contemplando el paisaje nocturno a través de la carretera, a medida que fui
avanzando, en las paradas ya se notaba la cercanía a mi destino, Buga, Valle.
Al llegar sentía que estaba muy lejos de mi ciudad, se nota en sus calles
planas, en su clima cálido, pero más que su clima, en la atención de cómo te
reciben en el hotel y como las personas te hacen sentir bienvenido en su tierra.
Es todo un privilegio apreciar y experimentar
la sensación que es estar en una tierra de peregrinación, donde hay cientos de
personas, donde el principal atractivo es la catedral del señor de los
milagros, y a parte de su significado es la arquitectura que demarca su gran
imponencia en el paisaje.
Imagen tomada de
Además de la iglesia, resalta la gastronomía, el
comer alimentos cocinados a fogón de leña y el jugo de caña característico de
la región, las decenas de negocios en donde venden recordatorios para traer de
vuelta y obsequiarlos a nuestros seres queridos y los manjares y postres que es
inevitable no comprarlos.
Cuando llegué, lo primero que hice fue
recorrer las calles cercanas a la iglesia, llenas de restaurantes y hoteles,
después de encontrar un lugar de hospedaje, fui a la iglesia, donde aparte de
presenciar la eucaristía el motivo más importante era admirar el monumento del
señor milagroso de Buga.
Imagen tomada de
En su base, se encuentran miles de cartas de las
personas que se acercan allí para pedir un milagro, es una manera de devoción y
de depositar la fe, tan concurrido, tan milagroso, un espacio muy venerado.
La estancia fue muy corta, estuve desde las 7
de la mañana, hasta las 5 de la tarde, fui con mis padres a cumplir una promesa
de un milagro, en fin es un asunto de fe. Me traje una pintura, varias manillas
y oraciones escritas en tablillas de madera, y dos cadenas de plata, claro, no
podía regresar a Medellín sin traerme los recordatorios.
Es un lugar tranquilo, lleno de paz, lleno de
gente amable y dispuesta a orar, a peregrinar su fe y a disfrutar de todo lo
que el ambiente ofrece, agregándole la comida, el trato de la gente y el amplio
espacio para disfrutar de una agradable estancia y pensar en volver, quedarse
más tiempo y admirar esta tierra santa.
Santiago Casas Pereañez ( Amigo que quería compartir su experiencia con nosotros )


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